jueves, octubre 22, 2026
Voces debajo de la cama. Sobre las llaves y la casa de la tía Flory.
Ese día fue un día normal, un viernes cualquiera. Una tía nos invitó a visitarlos a su casa, en el residencial “La Pacífica”, para que los adultos tertuliaran y los niños nos divirtiéramos.
Yo siempre anduve “renca” de pareja con los primos. La familia tenía la particularidad de que todos nacieron en parejas, excepto yo… así que mis primos o eran muy pequeños o grandes. Estas primas eran menores que mí, pero igual sabía que la pasaría muy agusto.
La visita transcurrió sin más y, al caer la noche, pedimos permiso para ir a jugar al cuarto de mis primas. Ya sabes, normalmente no nos dejaban hacer desmadre sin vigilancia adulta, igual nos dejaron. Yo ya era “grande”, tendría unos 11 años, así que quedé como la encargada de que no hiciéramos mucho desorden.
Para no sacar demasiados juguetes, nos pusimos a peinar a las Barbies, revisar que sus vestiditos estuvieran bien y demás.
Mis primas compartían el cuarto: dos camas individuales, una frente a la otra, cada una pegada a su pared, dejando un pasillo en medio. Yo me senté al pie de la cama más cercana a la puerta para poder escuchar si mis papás me llamaban, porque para llegar hasta ese cuarto había que caminar desde la cocina hacia la sala y, de ahí, tomar el pasillo de los cuartos.
En algún momento, la prima mayor fue al baño.
Me quedé con su hermana menor.
Yo seguía sentada al pie de la cama, dándole la espalda a la única ventana del cuarto, con la vista fija en el cabello de la Barbie que tenía entre las manos, cuando escuché un quejido.
Grave.
Lento.
Lastimero.
Un sonido que nunca había escuchado en mi vida. Era tan horrible que el miedo me hizo contener la respiración. Sentí la espalda ardiendo, se me erizó la piel, como un gato, los bellos de mi cuello se pusieron de punta, mis sistemas estaban en alerta.
El sonido venía de debajo de la cama.
¿Qué es esto? ¿Qué rayos pasa? ¿Qué hago?
Me lo estoy imaginando, claro.
Justo cuando terminó aquel primer quejido, comenzó otro. Esta vez era una voz más fina, como de mujer, pero igual me heló la sangre.
En cuestión de segundos reaccioné. No quería parecer loca ni asustar a mi prima. Después de todo, tal vez me lo había imaginado. Tal vez ella no había escuchado nada.
Entonces levanté la mirada.
En ese mismo momento escuché la voz de mi mamá llamándonos desde la cocina y vi el semblante de mi prima.
Estaba pálida.
No pestañeaba. Tenía los ojos muy abiertos, con la esclera claramente visible alrededor de las pupilas.
Sí lo había escuchado.
No me lo imaginé.
Solo atiné a decir:
—Vámonos de aquí.
Nos agarramos de la mano y salimos del cuarto lo más rápido posible.
En la caminata del cuarto a la cocina olvidé por completo el episodio. Gracias, déficit de atención, por hacer lo tuyo.
Pero había un detalle.
Ese día, en particular, mi papá me había dado las llaves de la casa para que yo las cuidara y abriera la puerta principal cuando regresáramos. Yo, feliz y sintiéndome muy grande por semejante responsabilidad, las guardé en la bolsa del pantalón.
Y era una bolsa grande. De esas de las que las cosas no se salen mientras juegas.
Cuando mi mamá nos llamó, ya era hora de regresar a casa. Me subí al carro como si nada y, cuando llegamos, fui a buscar las llaves para abrir la puerta.
No estaban.
Mi papá, claramente, empezó a regañarme porque las había perdido.
Y entonces recordé lo que había pasado en aquel cuarto.
Les conté todo a mis papás. Por dicha, me creyeron.
Era una época en la que no había celulares, así que mi papá tuvo que buscar un teléfono público para llamar a casa de mi tía y preguntar por las llaves.
Ya esperaban la llamada y contestó mi tío.
Habían encontrado las llaves.
Estaban sobre la almohada de la cama en cuyo pie yo había estado sentada.
Yo nunca me acerqué a esa almohada.
Tiempo después, mi tía y su esposo comenzaron a tener problemas económicos, de pareja, hasta el punto de que tuvieron que vender la casa.
Cuando la venta del inmueble ya estaba concluida y ellos se estaban mudando, una vecina que llevaba muchos años viviendo en el lugar le contó algo a mi tía.
Antes de que aquella casa existiera, cuando el terreno todavía estaba vacío, solían ver constantemente a una mujer del barrio entrando al lote. Los vecinos creían que iba allí a sembrar algo.
Según aquella vecina, no era eso.
Decían que la mujer era la bruja del barrio y que utilizaba aquel terreno para hacer sus entierros.
Mi tía y su familia nunca tuvieron paz en esa casa.
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